Antonio
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« : Septiembre 16, 2008, 09:04:09 » |
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Hotep no siempre había sido un mendigo. Hijo de un fellah de los alrededores de Tebas, su adversa suerte quiso que fuera incluido en una de las levas con las que Ramsés I, el gran monarca conquistador, nutria las filas de los ejércitos que guerreaban en Asia.
El joven no tuvo ocasión de distinguirse, pues justo en el primer encuentro con los asirios un flechazo, traspasándole un muslo, le puso fuera de combate; cuando finalmente pudo recobrar la salud se encontró con la pierna derecha privada de movimiento.
Hotep no se desanimó por su adversa suerte y, uniéndose a una caterva de guerreros, más o menos mutilados, emprendió el regreso a Tebas apoyándose en un grueso garrote.
Con las peripecias y aventuras de tal viaje desde Mesopotamia al mar Rojo, podría escribirse un buen volumen; habremos de contentarnos con saber que, de guarnición en guarnición, unas veces comiendo y otras ayunando, dos meses después de desdichada caravana llegó al delta del Nilo, lugar fijado para la separación de los veteranos, que desde allí se desparramaron por todo Egipto.
Hotep quedó solo con otro compañero que, nacido en una aldea inmediata a la suya, seguía el mismo itinerario. Era el camarada un hombre ya viejo, encanecido en la milicia debido a sus largos años de servicio y privado de la vista, a consecuencia de una profunda herida en la cabeza.
El cojo tenía excelente fondo y, movido a compasión, se brindo a servir de lazarillo al ciego; y así, una noche en que los dos inválidos descansaban al abrigo de un espeso cañaveral, Hotep, que dormía plácidamente, oyó de pronto un lastimero quejido que exhaló su compañero e incorporándose le dijo:
-¡Hola veterano! ¿Qué es eso? Despierta, que sin duda te estás atormentando con alguna horrible pesadilla.
-Hotep, me muero –murmuró el ciego-. Siendo que la vida se me acaba.
-¡Estás delirando! ¿Quién piensa ahora en morir?
-Me muero, muchacho, me muero. Creía que tendría fuerzas para llegar allá, pero no puedo. ¡Agua…! ¡Dame agua, me ahogo…!
Hotep, alarmado, corrió con cuanta ligereza permitía su cojera hasta un canal inmediato y volvió con la calabaza llena del líquido pedido, diciendo:
-Bebe. Esto pasará, es un desvanecimiento ocasionado por el fuerte sol que hoy nos ha hecho hervir la sangre.
-Gracias, camarada –respondió el ciego-. No temo a la muerte; hace años que la he considerado siempre cercana. Después de todo, para no ver más la luz, tanto me importa. Mira, en este saco va toda mi fortuna; un casco de bronce, unos cuantos trapos y unas sandalias de cuero, que es lo que más valor tiene, pues son casi nuevas, el material es superior y están bordadas en oro. No sé de donde proceden, pues las encontré en la batalla en que me hirieron, atadas a la cintura de un soldado muerto, sólo Dios sabe a quién se las robaría. Cógelo todo si muero. Es la fortuna de un soldado que ha servido treinta años a los faraones. ¡Bonita herencia!
Hotep se devanaban los sesos, pensando qué haría o diría en aquella situación, que le parecía bastante grave y apurada. Por fin su compañero bebió de nuevo y dijo:
-Puede que tengas razón y me haya equivocado; pasó la angustia y tengo sueño. Durmamos y, si me muero, ya sabes; todo para ti.
Y volvió a tenderse entre las cañas, murmurando palabras confusas. Hotep siguió su ejemplo. Al poco tiempo roncaba haciendo ruda competencia a las parleras ranas. Cuando despertó, al salir el sol, el ciego yacía a algunos pasos de allí, tendido boca abajo.
Hotep llegó finalmente a su pueblo y continuó llevando la vida que había tenido antes de ir a servir al faraón.
Un día, cuando el sol comenzaba a iluminar con sus espléndidos rayos, Hotep, vistiendo su viejísimo calasiris de algodón listado, que dejaba ver por sus múltiples desgarrones las oscuras carnes del mendigo, salió de su casa y empezó a andar con alegría.
Apareció junto a una de las colosales esfinges que constituían la entrada del templo. Se detuvo un momento y, sacando de un envoltorio el casco de bronce y las sandalias que heredara del viejo guerrero, se atavió con ambas prendas, quedando en breve espacio de tiempo convertido en la más grotesca figura que imaginarse pueda nadie.
No parecía, sin embargo, el inválido descontento de su aparato indumentario, pues con aire satisfecho se atusó la encrespada y revuelta cabellera, y canturreando una canción popular se dirigió, apoyado en un grotesco bastón que le servía de muleta, hacia una puertecilla que se divisaba casi oculta entre las robustas piernas de la colosal estatua, que parecía guardar la entrada al gran patio.
Hotep dio con su bastón un fuerte golpe en la hoja de la puerta y pocos instantes después apareció en el dintel una mujer, cubierta por ajustada túnica blanca, sostenida por una especie de tirantes de cuero rojo.
-¿Qué se te ofrece tan temprano y tan compuesto? –preguntó con burlona sonrisa al reparar en el casco y las lujosas sandalias del mendigo-. Hoy no es día de repartir los restos de las ofrendas…
-No vengo a pedir limosna –contestó Hotep. Y luciendo una gran sonrisa, añadió-: Vengo a hablar con un padre para decirle que es mi deseo pedirle tu mano, pues quiero casarme contigo.
Los ecos del templo reprodujeron durante largo espacio de tiempo las más sonoras y alegres carcajadas que jamás habían turbado la majestuosa calma de aquel silencioso recinto. Hotep, sin desconcertarse por la manera como era acogida su pretensión, dijo mirando con petulancia sus sandalias:
-Hermosa Amneris, veo que mi idea te regocija y esto me hace suponer que mi figura no te disgusta y el resultado…
-El resultado –interrumpió la joven- será que mi padre te dará algunos palos y te romperá la pierna que aún tienes sana.
-¡A mí, a un guerrero del faraón!
-¡Imbécil! Tú ya no eres guerrero, sino pordiosero; y si no fuera por lo que en esta casa te hemos protegido, perjudicando a otros pobres más antiguos, hace tiempo que estarías descansando en el cementerio en agradable compañía con otros ilustres personajes de tu calaña.
-¿Olvidas acaso que soy propietario de una gran casa junto al canal del Castillo Blanco?
-Sí, ya sé que tienes una barraca de adobes cuarteada y sin techo.
-No es tan mala, y además tengo… estas sandalias –dijo él mientras se miraba los pies.
-Mira Hotep –dijo Amneris adoptando un aire protector-, sin duda algunas los fuertes calores y todo el hambre que has sufrido en Asia han perturbado tu razón. En primer lugar, debes saber que tengo un pretendiente muy bien acomodado, y en segundo lugar, ¿cómo quieres que yo, hija de un guarda del templo, corresponda al afecto de un buen muchacho como tú, pero que ha quedado completamente inútil para todo? ¿Cómo atenderás a mi subsistencia con la pierna arrastrando y ese casco tan abollado…? ¡Ja…, ja…, ja…!
Y de nuevo la risa más retozona animó el semblante de la muchacha.
El pobre, cuya candidez le había hecho concebir las más lisonjeras esperanzas, por única respuesta se rascó el cogote, miró a Amneris y, con gesto de cómica desesperación, dio media vuelta y sin pronunciar una palabra se alejó de la puerta acompañado por las carcajadas de Amneris.
-¡Pobre chico! –dijo ésta-. No es malo, pero… ¡es tan miserable!
Hotep, aunque verdaderamente anonadado por la escena narrada, tenía, como todos los fellahs una gran dosis de mansedumbre y resignación; así que, después de desahogar su cólera murmurando unas cuantas invectivas contra Amneris, se encaminó hacia un grupo de palmeras que sombreaban el camino que conducía al templo y se tumbó sobre la menuda hierba. Pocos instantes después roncaba como un bienaventurado.
De pronto el mendigo se despertó a impulsos de algunos puñetazos aplicados con mano vigorosa, e incorporándose vio ante sí a un personaje de elevada condición, a juzgar por la pedrería que brillaba en el pectoral que cubría su robusto pecho y por la finura y elegancia de su túnica. Otro sujeto, portador de un abanico de plumas de avestruz, que era sin duda el que le había despertado de un modo tan enérgico, se hallaba junto al primero.
-¿Quién eres? –dijo con voz imperiosa-. ¿Qué estás haciendo aquí?
-Pero ya lo ves, dormir –repuso Hotep con justa indignación.
-¿Quién te ha dado estas sandalias? –volvió a preguntar el incógnito y refinado personaje.
-Quien puede –contestó Hotep recogiendo su cayado y adoptando una actitud defensiva.
-¡Por mi padre, el Sol, que no he visto jamás sabandija tan insolente! Oye, miserable, y tiembla.
-¿No temblé en el campo de batalla cuando una flecha asiria traspasó mi muslo, y me asustaré ahora que nada malo he hecho? Pero ¡ah! –exclamó de pronto-, tú debes ser el rival que me disputa el amor de Amneris.
-¡Está loco! –dijo el desconocido con asombro, volviéndose hacia su acompañante, que contestó con signo afirmativo.
-¿Con que, es decir –prosiguió Hotep-, que no contento con quitarme la novia, quieres también apoderarte de mis sandalias?
-Sin dudas ignoras quién soy –dijo el personaje del pectoral-. ¡De rodillas, miserable, ante el faraón!
Hotep lanzó un grito de asombro, e inclinando humildemente la cabeza respondió:
-Alto y poderoso Ramsés, perdona a tu humilde esclavo. No me postro ante ti, porque la herida que recibí a tu servicio me inutilizó la pierna y no puedo… Ten misericordia de este infeliz inválido, que si pronunció palabras inconvenientes fue por no haberte conocido.
-Piensa bien lo que vas a contestarme, porque de ello depende tu vida. ¿Recuerdas la ocasión en que adquiriste esas sandalias?
-Sí, hijo predilecto de Dios.
-¿Recuerdas si el que tales prendas te dio te aseguró que eran la fortuna de un soldado?
-Sí –contestó Hotep, pensando en las últimas palabras pronunciadas por el guerrero ciego.
-Entonces, ¿cómo no has reconocido en mí al faraón a quien guiaste en el reconocimiento del campo enemigo y que, como prenda de su real aprecio, para reconocerte y recompensarte después de la batalla, te dio las sandalias que hubo de quitarse para trepar por los acantilados de Saín, cuyo paso nadie conocía como tú, y merced a cuyo descubrimiento alcancé una de mis más favoritas victorias?
El mendigo quedó inmóvil.
Comprendió que se le ofrecía una enorme fortuna. Solo tenía que contestar de forma adecuada a las preguntas de Ramsés. Por un momento pensó en esto y en que de esta forma tan sencilla conseguiría aquello que tanto deseaba, es decir, podría casarse con Amneris.
Pero era honrado y no quiso mentir.
-Señor –dijo-, soy un mendigo inútil y despreciable, el alimento que tomo lo debo a la generosidad del pueblo, pero mis labios no se mancharon nunca con una mentira. Estas sandalias no me las diste tú.
Y brevemente contó al faraón su triste historia y la manera cómo las sandalias habían llegado a sus manos.
El faraón, viendo que había tropezado con un hombre honrado, alguien que no deseaba aprovecharse de la fortuna que había llamado a su puerta, decidió llevarlo a palacio donde le agasajó por su fidelidad y le recompensó ampliamente por sus servicios, ofreciéndole además un puesto en la corte.
Gracias a ello Hotep pudo ir al templo a pedir la mano de Amneris, quien viéndole en una buena posición le aceptó rápidamente, pues ella siempre le había querido.
Fueron extremadamente felices en su nueva posición y tuvieron muchos hijos, todos ellos servidores fieles de Ramsés Meiamun, a cuya regia esplendidez debían tantos favores.
Ésta es de mis favoritas, pues narra toda la historia del asesinato de Osiris en manos de su hermano Seth. Dice la leyenda que finalmente la paciente y luchadora Isis encontró todos los fragmentos del cuerpo de su marido. Yo tenía entendido que halló todos... menos uno. Y a pesar de ello consiguió a través de su magia concebir a su hijo. Es lo bueno de las leyendas... cada uno puede interpretar lo que su imaginación prefiera.
Cuando el dios Sol decidió marchar de Egipto, la gente que se había salvado de la furia de Hathor sentía rabia y miedo.
Cuando la tierra se oscureció todos echaban la culpa al vecino. Los hombres fabricaron las primeras armas y atacaron a todo aquel que pudiera ser un enemigo del dios Sol. Ra miró hacia atrás y comprendió que, de ahora en adelante, el hombre siempre mataría al hombre en Egipto. Habló con tristeza a la Vaca Divina:
-Llévame adonde me sea posible ver a la humanidad, pero que sea lejos de su alcance.
Entonces el cuerpo de la Vaca Divina se convirtió en el cielo, sostenido como un gran arco sobre la tierra, y Ra hizo las estrellas y las derramó por el vientre de Nut. A continuación, el Rey de los Dioses creó el Campo de la Paz y el Campo de las Cañas, residencias de los bienaventurados difuntos. Nut empezó entonces a temblar, pues se hallaba muy arriba. Y Ra creó a los dioses Heh, los Dos Crepúsculos, para que la sostuvieran y mandó al aéreo Shu que permaneciera entre el cielo y la tierra.
Después, Ra llamó a Thot y le dijo:
-Mira, desde estas alturas deseo brillar e iluminar el cielo de arriba y al cielo de abajo. Tú me representarás en la tierra y serás el responsable de registrar las acciones de los hombres.
Entonces creó la forma de ibis para Thot y lo hizo encargado del registro.
Cuando Ra iluminaba el cielo de abajo, la tierra estaba a oscuras y los hombres tenían miedo y lloraban la pérdida del dios Sol. Ra les oyó y también transformó a Thot n el Gran Mandril Blanco. Thot brilló con una luz plateada y la humanidad ya no tuvo nunca más miedo de una puesta de sol, porque Ra les había regalado a la Luna. Y así, Thot con la cabeza de ibis fue el sabio Escribiente de los Dioses, y Thot como mandril brilló en el cielo de la noche. De esta forma fue como Ra se compadeció de los hijos de sus lágrimas.
Finalmente, Ra ordenó a Nun y Geb que protegieran la tierra de las serpientes del caos e hizo a Osiris rey de Egipto y a Isis reina.
Osiris demostró ser un soberano sabio y bondadoso, enseñó al pueblo de Egipto la forma de labrar la tierra, les dio leyes y les enseñó también a adorar a los dioses. Incluso emprendió un viaje por los demás países de la Tierra para favorecerles con los mismos dones.
Seth estaba celoso de él y le hubiera gustado apoderarse de Egipto mientras su hermano estaba fuera, pero Isis se había quedado para gobernar el reino. Ella nunca se había fiado de Seth.
Cuando Osiris hubo regresado sano y salvo de Egipto, hubo una gran alegría e incluso Seth simuló estar contento. Ya había empezado a conspirar contra su hermano y había encontrado un grupo de hombres ambiciosos y descontentos que deseaban ayudarle. Seth esperó pacientemente a que llegara su oportunidad y finalmente, una noche fue invitado a un banquete en casa de su hermano, en el cual Isis no iba a estar.
En el mismo instante de llegar, el hermano del rey se puso a hablar de una caja maravillosa que le habían acabado de hacer. Cuando todos ya habían bebido mucho vino, Seth mandó a buscar la caja y todos los invitados admiraron la exquisita madera y los ricos dorados. Con una sonrisa en los labios, Seth prometió que daría la caja a aquel que encajara en ella perfectamente.
Seth sabía que solo había un hombre a quien la caja ajustara perfectamente, porque había sobornado a uno de los criados para saber las medidas exactas del rey. Después de que todos los invitados hubieron fracasado, los conspiradores rodearon a Osiris e insistieron para que la probara.
Confiadamente, Osiris se metió en la caja. Se tendió en su interior y todos vieron que entraba en ella perfectamente, con la cabeza y los talones que tocaban justo los extremos de la caja. Los más inocentes rieron al pensar que Seth había perdido la apuesta en favor de su hermano. Osiris mismo también sonrió a Seth y empezó a hablar, pero su hermano, en ese justo instante, hizo una señal a los conspiradores y de repente, la tapa de la caja se cerró y los cerrojos se deslizaron. Mientras los conspiradores retenían a los invitados, Seth selló la caja con plomo fundido y de esta forma Osiris murió.
La caja, convertida en ataúd, fue llevada de noche cerca de uno de los numerosos brazos del Nilo, desde donde los conspiradores la lanzaron al agua, esperando que la corriente la arrastrara hasta el mar y allí se perdiera para siempre. Después, Seth anunció la muerte de su hermano y se coronó como nuevo rey.
Cuando Isis oyó la terrible noticia, se volvió como loca de pena. Se cortó un mechón de cabellos y se vistió con ropa oscura. Después salió a buscar el cuerpo de su marido.
Corrían rumores extravagantes por todas partes, pero durante mucho tiempo nada pudo descubrir. Fue a pie de un pueblo a otro, interrogando a todos los que encontraba y, finalmente, habló con unos niños que habían visto cómo tiraban la caja al Nilo y se alejaba río abajo.
La diosa siguió aquel brazo del Nilo hasta el mar. De cuando en cuando daba con alguien que le decía que hacía unos días le había parecido ver una caja dorada que iba hacia el Norte, e Isis salió de Egipto y cruzó países desconocidos siguiendo la costa, hasta que llegó al reino de Biblos. Las gentes de la zona no pudieron decirle mucho, aparte de que un árbol milagroso había crecido de repente en la playa.
La caja de Osiris había sido arrastrada hasta tierra por el agua y había quedado pegada entre las raíces de un arbolito. Fortalecido por el dios asesinado, ese vegetal se transformó en una sola noche en un árbol grande.
Cuando el rey de Biblos se enteró de aquel prodigio, envió a los carpinteros a cortar el árbol y les ordenó que lo llevaran a palacio para utilizarlo como pilar. Los carpinteros obedecieron. Pero nadie sospechaba que en el interior del árbol estaba escondido el féretro de un dios.
Cuando Isis tuvo conocimiento de este hecho, gracias a unos hombres que estaban deseosos de entablar conversación con una forastera, se dirigió rápidamente al centro de la ciudad de Biblos y se sentó al lado de una fuente que estaba muy cercana al palacio real.
Cuando unas criadas de la reina de Biblos fueron a la fuente a buscar agua, vieron a Isis y le preguntaron quién era. La diosa les dijo simplemente que era egipcia y una gran peluquera. Allí mismo les trenzó con ingenio los cabellos a las muchachas y les lanzó su aliento en la piel para que se impregnaran de fragancia divina.
Cuando regresaron a palacio, todos se admiraron de los fantásticos peinados y del maravilloso perfume. Las criadas hablaron a su señora, la reina Atenais, de la mujer egipcia de la fuente, y la soberana mandó que la fueran a buscar para traerla a su presencia.
La diosa le trenzó sus hermosos cabellos y la reina quedó tan encantada que le pidió a Isis que se quedara en palacio. La reina Atenais no tardó en tomarle un gran afecto y confianza a la forastera egipcia e Isis se convirtió en la nodriza del más pequeño de los dos príncipes de biblos.
Cada noche, cuando todo el palacio se ponía a dormir, Isis se deslizaba a la habitación donde estaba el pilar con el ataúd de su marido y lloraba. Durante el día cuidaba al príncipe infante.
Isis le tomó afecto al pequeño y decidió hacerlo inmortal. Una noche se lo llevó a la habitación del pilar y allí encendió un fuego. Pronunció encantamientos y colocó al niño medio dormido en medio de las llamas. El fuego empezó a quemar al pequeño príncipe, pero Isis no lo vigilaba. Se convirtió en una golondrina y voló y voló alrededor del pilar, lamentándose del asesinato de su marido con la voz aguda y triste del pájaro.
La reina Atenais, que dormía en la habitación de al lado, se despertó por el ruido de las llamas y se levantó para investigar de dónde venía. Abrió la puerta de la sala del pilar y chilló horrorizada al ver que su propio hijo se estaba quemando. La golondrina se convirtió en el acto en mujer y las llamas mágicas se extinguieron.
Isis contó a la horrorizada reina quién era y le advirtió que su hijo el pequeño príncipe jamás podría ser inmortal.
Atenais lloró su error y le preguntó a la diosa cómo la podría servir. Isis le pidió el pilar y lo sacó del techo con facilidad, de la misma forma que hubiera podido coger un loto. La divinidad separó el tronco, derramó aceite en las maderas y las envolvió con un lienzo antes de darlas a Atenais para que las guardara y venerara en el templo de Biblos.
Le dio a Isis el mejor barco del puerto y una tripulación para gobernarlo, y luego subieron el féretro a bordo. Al llegar a las costas de Egipto, Isis mandó bajar el féretro a tierra, en un lugar solitario. Entonces quitó los sellos de la tapa.
El cuerpo de Osiris parecía que estuviera durmiendo e Isis lo abrazó con ternura, mientras sollozaba desconsoladamente.
Volvió a cerrar el ataúd y se dirigió hacia el Sur, a travé de las ciénagas del bajo Egipto. Una noche, mientras Isis dormía, Seth fue a cazar a las ciénagas y se encontró la caja. La reconoció en seguida y tuvo miedo. El cruel dios la abrió y al ver el cuerpo de su hermano lo despedazó. Luego los esparció por todo Egipto.
Cuando Isis descubrió la caja vacía, su grito de angustia llegó al cielo y su hermana Neftis se acercó a ayudarla. Si bien era la mujer de Seth, Neftis siempre había preferido a Isis y Osiris, y por tanto las dos hijas de Nut se pusieron juntas a buscar el cuerpo que había sido desparramado.
Durante años, largos y tristes, la fiel Isis y la dulce Neftis recorrieron Egipto de cabo a rabo, y en todos los sitios donde encontraban un fragmento de Osiris erigían un santuario.
Finalmente, consiguieron reunir todos los trozos e Isis se sirvió de un encantamiento más poderoso para volver a unirlos. Las dos diosas vigilaron el cuerpo en forma de halcones, haciéndole sombra con las alas, mientras Isis rogaba para que Osiris se recuperara.
Lo intentó todo, ayudada de todos los encantamientos que sabía, y consiguió resucitar a Osiris para una noche de amor con la esperanza de concebir el hijo prometido. Después, el cuerpo de Osiris quedó definitivamente muerto, pero su espíritu continuó vivo. Ra-Atum hizo a Osiris rey de los Muertos en el reino del Bello Oeste y desde entonces todo Egipto supo que no tenía que temer a la muerte, porque su espíritu continuaría en l reino de Osiris.
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