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Autor Tema: Los Jardines Del Egipto De Los Faraones  (Leído 76 veces)
Antonio
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« : Septiembre 16, 2008, 09:11:56 »

Los egipcios eran grandes amantes de los jardines y los espacios verdes. Los textos y las pinturas de las tumbas nos muestran ese gusto por las flores y la sombra de los árboles de los jardines: los muertos deseaban posarse sobre las ramas de los árboles que habían plantado y descansar a la sombra de los sicomoros.


Los jardines del antiguo Egipto eran un oasis de frescura y una marca de refinamiento. Son bastante bien conocidos gracias a los dibujos y las inscripciones encontradas en las tumbas, que revelan que aun los muertos poseían sus propios jardines en los que venían a degustar las frutas en la frescura de la noche. Los vivos, por su parte, cultivaban suntuosos jardines, pero no solo por placer: producían todo tipo de frutas, de legumbres, vino y papiro. Los jardines eran a menudo huertas destinadas al aprovisionamiento de las poblaciones de las ciudades o de los habitantes del desierto.

En el comienzo del Antiguo Imperio, Metén, que vivía bajo el reinado de Snéfrou, poseía alrededor de su vivienda un jardín de una hectárea, con un estanque, donde se encuentran ya mencionados la viña y la higuera. Pero es, sobre todo, en el Nuevo Imperio que conocemos los jardines, que estaban entonces muy extendidos. Anna, que vivió en los inicios del Nuevo Imperio, se hizo representar con su mujer delante de su jardín, que era su orgullo, pues tenía veintiocho especies de plantas, con un total de 500 árboles, entre los cuales se encontraban diferentes clases de palmeras, algunas muy raras.

Había también sicomoros, higueras, granados, perseas, pies de viña, sauces, tamarindos, acacias, tejos, balanitas, azufaifos y muchas otras especies que todavía no se han identificado.

Así, en las viviendas ricas se encontraban en el fondo los jardines, sumergidos en la verdura y las flores. Estaban cerrados por altos muros y, a menudo, provistos de puertas monumentales. Los caminos eran trazados paralelamente y se cortaban en ángulos rectos, que formaban canteros rectangulares plantados con árboles y flores. Ligeras construcciones se hacían bajo los árboles, donde los dueños de casa tomaban su almuerzo o descansaban mirando los pájaros y las flores.

Todos los jardines estaban provistos de un estanque, a menudo de gran tamaño, cuadrado o rectangular. Lotos y papiros descansaban en su superficie y cubrían peces y ranas, mientras que los canarios nadaban con delicadeza. Se descendía por algunos caminos y un barco pequeño estaba amarrado frente a la escalera, esperando a sus dueños para un paseo. Estos jardines poseían también huertas que demandaban un gran trabajo. Es por eso que los propietarios tenían una cantidad de jardineros, cuya tarea más importante era el riego. La gente menos adinerada poseía jardines más exiguos, y solo los pobres, amontonados en casuchas en las grandes ciudades, no disfrutaban de este placer.

Los reyes del Nuevo Imperio rodeaban sus palacios con jardines todavía más vastos: Amenophis III se hizo construir un palacio con un inmenso parque al oeste de Tebas. En Amarna, Akhenatón hizo plantar varios jardines. Pero fue sobre todo Ramsés III quien se distinguió por restaurar los jardines de Egipto, renovando las plantas, creando nuevos jardines y recuperando los canales abandonados que aportaban a las plantas el agua vivificante.

Para todas las clases

La tumba de Amenemheb tiene una destacable representación de jardín: es particularmente vasto y, a pesar del estilo rígido de la decoración, bien detallado. El jardín de Nebamon, más modesto, comprende un estanque en T rodeado de algunos árboles y, sobre todo, una parra sostenida por elegantes columnas de capiteles papiroformes. Durante el reinado de Thoutmosis IV, Nebamon comenzó su carrera. Recibe el título de portaestandarte del barco real. Sin otra acción brillante, sigue su actividad durante el reino de Amenophis III. La modestia de su tumba refleja la brevedad de su carrera oficial.

La naturaleza del terreno y el régimen de inundaciones determina que el valle del Nilo sea ante todo una tierra de plantas anuales: alimenticias, textiles, medicinales, para tinturas, a las que se agregan las plantas para decoración.

La cebada, "iot", y el trigo candeal, "boti", son los más antiguos cereales conocidos por los egipcios, pues su nombre está escrito según el procedimiento ideográfico más viejo: la cebada, con tres granos, y el trigo candeal, con una espiga. Las otras especies de cereales conocidas más tarde están escritas en caracteres fonéticos. La cultura del lino es muy a menudo asociada a la de los cereales en los bajorrelieves del Antiguo Egipto. Se reconoce en estos mismos bajorrelieves la lechuga, la cebolla, la sandía y los pepinos. En los textos egipcios más recientes, ajo, puerro, habas y lentejas son citados. El aceite se extraía del sésamo y el ricino. Los médicos sabían que este aceite era purgante, que mejoraba el cabello y calmaba algunas enfermedades de la piel.

Los autores clásicos mencionan el algodón egipcio, cuyo nombre primitivo no es conocido. La alheña, la garanza, el henna, el índigo eran las plantas utilizadas para las tinturas. La vid era cultivada en el Antiguo Imperio en el delta, sobre todo en las márgenes del lago Mareótico y del lago Manzala. Este arbusto es tan particular que da uvas de diferentes tipos.

El jardín de Enené

Egipto no es un país de bosques. Sin embargo, como se puede ver en las pinturas tebanas, el campo egipcio no estaba desprovisto de árboles. Los egipcios amaban los árboles por su propia belleza, por el fresco que proporcionaba su sombra y por sus frutos. En cada "nomos" (distrito) existía un vergel sagrado no lejos del templo principal.

Un propietario de la XVIII dinastía, Enené, hizo pintar en su tumba el jardín donde había reunido veintitrés especies de árboles. El sicomoro, "nehet", que encabeza la lista, es el árbol egipcio por excelencia. Crece en los pueblos, en los cruces de caminos e inclusive en el desierto, dado que sus raíces pueden alcanzar las napas de agua subterránea. Es un árbol vigoroso, casi tan ancho como alto, extremadamente frondoso. La palmera datilera, con la que se lo asocia frecuentemente, es por el contrario alta y delgada. Existía y existieron siempre bosquecillos de palmeras de gran extensión, como el que cubre los vestigios de la antigua Memfis. La palmera doum, cuyo tronco se ramifica a varios metros del suelo, se encuentra solo a partir de Tebas. Enené debía estar particularmente orgulloso de mostrar a sus visitantes una palmera de una altura inusual, acerca de la cual un escriba, con algo de botánico, da las características: palmera doum, grande de 60 codos, en la cual hay nueces de coco. En esas nueces de coco hay cáscaras. En esas cáscaras hay agua. El lugar donde se encuentra esta agua está lejos.

Entre los 481 árboles del jardín figura solo un cocotero. Las higueras eran muy abundantes y, cuando los higos estaban maduros, monos y niños participaban a su manera de la recolección. Los sauces, los tamarindos, los azufaifos, las balanitas, las moringas, los algarrobos, los granados, y otras especies de identificación incierta completaban la colección. El granado parece haber sido introducido en Egipto a comienzos de la XVIII dinastía. Se lo reconoce en el jardín creado por Thoutmosis III y reproducido en el gran templo de Amón, en Karnak. La moringa producía un aceite apreciado por los perfumistas y los médicos. El olivo, "drede", que no se encontraba en el jardín de Enené, no es mencionado antes del Nuevo Imperio. Se aclimató fácilmente en Egipto, y Theophrasto señala un bosque de olivos en la región tebana.

Según Strabon, eran los olivos de Fayoum los que daban los mejores frutos. La acacia seyal proveía una madera de buena calidad para los carpinteros y los constructores de barcos. El terebinto, cuya resina servía para el incienso de los dioses y los muertos, crecía en los oasis y en el desierto, al este de Memfis. El Egipto antiguo no conoció el naranjo, ni el limonero, ni el rosal, ni otros árboles que ornamentan en nuestros días plazas y jardines.

La reina de las flores

Para los egipcios, que no olieron la rosa antes de la época romana, la reina de las flores era el loto blanco o azul. Se lo utilizaba para hacer inmensos ramos para decorar las salas de festejos. Las mujeres en la casa o de visita llevaban lotos en la mano o puestos en sus cabellos. Los hombres no los desdeñaban y se coronaban de lotos en sus recorridos campestres. La raíz tuberosa de esta planta se comía asada o hervida y se hacía una especie de dulce con los granos triturados. El loto, "seshen", es la planta emblemática del Alto Egipto.

Es una flor que se cierra a la noche y se hunde en el agua. Por esta razón, se convirtió en el símbolo del sol y de la creación, y los egipcios pensaban que el dios Atoum había nacido de una flor de loto. Símbolo del renacimiento, está asociada a Osiris y al culto funerario.

El papiro, "mehyt", planta mística y emblemática del Bajo Egipto, simbolizaba la vida misma y el lugar de donde la vida nace. Los egipcios pensaban que pilares de papiros sostenían la bóveda celeste. El papiro servía para distintas y variadas cosas. Se molía, como se hace hoy con la caña de azúcar, la parte inferior del tallo. El resto servía para hacer cestería, canastos, jaulas y botes ligeros. Sin embargo, su principal uso era la fabricación de un papel tan apropiado para la escritura como para la ilustración y que se conserva indefinidamente. Los papiros formaban en el norte de Egipto especies de bosquecillos. Los tallos, cuya altura era de cinco o seis veces la estatura humana, abrigaban en sus umbelas los nidos de los martín pescador y de otros pájaros acuáticos que eran asediados por las jinetas, los icneumones, los gatos salvajes, mientras que los peces, nutrias, hipopótamos y cocodrilos se buscaban y huían entre los pies.

En el Alto Egipto, si uno se fía de las pinturas del Medio y del Nuevo Imperio, los bosquecillos de papiros no son ni tan altos ni tan vastos como en el Delta. Actualmente, esta planta habría desaparecido completamente, si no se cultivaran algunas especies en los jardines de El Cairo. Por el contrario, crece espontáneamente en el alto valle del Jordán y sobre los bordes del lago de Houlé, que conservó su nombre antiguo: "hely", mencionado en varios textos y con el signo "hl" de la escritura jeroglífica.
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